lunes, 9 de abril de 2012

El niño colérico ¿Cómo educarlo?


Cada temperamento tiene sus aspectos positivos y negativos.
Reaccionar prontamente, sobre todo cuando se ven heridos la seguridad, la independencia, los gustos profundos, es positivo, siempre y cuando el niño o el joven haya sido formado para servirse de sus dones con moderación.
La cólera es un elemento de defensa, relacionado con el instinto de conservación: toma la ofensiva contra las amenazas.
¡Ay de los hombres que no saben indignarse! ¡Ay de los que pierden la capacidad de encolerizarse frente a las injusticias, las violencias, las tiranías! ¡Ay de los que se desfibran, se acomodan, se someten al injusto, a los criminales!
Desgraciada educación la que se propone quitar a los niños la reacción ante el mal, la capacidad de encolerizarse ante la violación del derecho y de la moral.
La cólera es, a veces, la única forma de defensa. Frente a un peligro. El niño que todavía no sabe hablar, se manifiesta a través de la cólera: grita, llora, se resiste a ir con una persona extraña, para rechazar lo que no le apetece, para conseguir librarse de lo que le inspira miedo.
Lo único malo son sus excesos: la forma, la frecuencia, la duración.
Infantilismo
Los que ya no siendo niños se encolerizan con facilidad, llorando, gritando, golpeándose, mordiendo, rompiendo objetos, haciendo escenas, horrorizando a la familia y perturbando a los vecinos, pueden tener otras causas de su cólera, pero la primera impresión que dan es de infantilismo: a pesar de la edad, del tamaño y de todo lo restante, conservan reacciones infantiles. Tienen actitudes de niños. Dan con esto demostración concreta de debilidad moral.
Intelectualmente, cuando les faltan argumentos en las discusiones, se exasperan y gritan, buscando en los excesos de voz lo que carecen en razones.
Si algo desean y no lo obtienen, explotan para obtenerlo.
¿Hay otras causas?
Se presupone siempre la predisposición para la cólera, para que las causas que señalamos produzcan sus efectos. Pero, ¿hay otras?
La Salud
Hepatitis, colitis, mal funcionamiento del sistema digestivo, así como la fatiga y, aún más, el agotamiento, inclinan a las crisis de cólera.
Agreguemos las neuropatías y la predisposición a la epilepsia, cada cual más seria.
Estas descargas furiosas —Séneca las comparó con una locura pasajera— obedecen a veces a una frecuencia cíclica, apareciendo o intensificándose en ciertas épocas.
La persona se presenta más agitada, locuaz, inestable, pasando rápidamente de la alegría a la irritación, inspirando sospechas y cautelas, porque la familia sabe que ella está en “uno de sus días”.
La Emotividad
Hay niños (y adultos…) demasiado sensibles a las impresiones en sí mismas totalmente inofensivas.
No entienden (no pueden o no desean entender…) que sean castigados ellos solos: ¿por qué ellos y los otros no? Y no aceptan que solamente ellos habían cometido la falta.
O se enojan porque la madre les ordena dejar los juguetes, porque es hora de estudiar, del almuerzo, o del sueño.
Otros se muestran hipersensibles a lo que les parece una humillación. Contrariados (nadie percibe por qué), explotan.
No siempre esta emotividad es propiamente enfermiza, pero estimulada por los frecuentes accesos de cólera, y fomentada por el sujeto, asume el aspecto de morbidez.
Las Angustias
Los que van rumeando desilusiones, disgustos, frustraciones, pueden llegar un estado de saturación, en el cual tendrán mayor facilidad para estallar en cóleras.
Víctimas de injusticias repetidas y ostensibles; defraudados en promesas que les habían hecho y no fueron cumplidas, algunos niños caen en angustias terribles.
Lo demuestran con accesos de cólera, que no siempre se dirigen directamente a los que ellos desearían alcanzar.
El Carácter
La cólera puede ser usada (como todas las armas) valerosa o cobardemente, en combate franco o astucioso.
El niño (o no tan niño…) desea decir o hacer ciertas cosas, y normalmente no tiene el valor; pero en el“acceso” dice y hace para satisfacerse.
Es una manifestación simple de debilidad. Como quién bebe para tener valor…
Otras veces, es astucia: por medio de sus escenas de cólera obtiene lo que de otra manera no obtendría.
Error de la educación
Ni deseamos extirpar la cólera (para no formar débiles), ni permitir que ella forme infantilizados.
Y esto que muchos padres no perciben, sin embargo, el niño sí lo percibe… Con sus escenas de cólera, alcanza lo que desea de la madre, de los hermanos, de los empleados.
Le basta a veces una simple demora en ser atendido… Fue así desde pequeñito. Se fue acostumbrado. Le gustó. Y ahora es su arma definitiva, su “ábrete, Sésamo“.
Nunca lo han resistido, nunca lo han corregido.
Garantizado por el error de los educadores, se va afirmando; se convierte en hábito.
La emotividad supersensible y cultivada, se agrava en repetidas crisis, rayando en la histeria.
Y hoy, adolescente, he aquí el colérico…
¿Cómo curarlo?
Damos indicaciones genéricas, pero recordamos que cada caso exige una terapia especial.
En el terreno somático
Si el caso es de salud, cuidemos de ella:
- alimentación conveniente, ejercicio físico, aire puro, buena aireación en casa;
- trabajo moderado, para evitar la fatiga y el agotamiento; bastante reposo, sueño regular con hora precisa para acostarse y levantarse;
- ambiente calmo, evitando todo lo que puede excitar (ver en próxima entrega: el niño agitado);
- y, cuando es necesario, el doctor y los remedios.
Mantener la calma
El gran remedio es la calma del educador. Por pequeñito que sea, el niño “entiende” nuestra serenidad, y no se domina con nuestra irritación.
Manteniendo la serenidad, puede el educador observar bien al niño y reflexionar sobre las medidas a tomar, según el caso. Irritándose, manifiesta lo que debe corregir, imposibilita el entendimiento, pierde la autoridad y, a veces, también la medida.
Y ser enérgico
Sea esta calma llena de energía.
Deje al niño hacer su escena, hasta que se canse y… tranquilizarse por sí mismo.
Muéstrese desinteresado, realmente desinteresado, sin fingir. La indiferencia está muy indicada.
Cuando el niño ve que ni lo miran, que no buscan saber si ya se calmó, se entrega con facilidad.
No ceda. Cediendo, el niño percibe que esa es la manera acertada. Si no se cede, entiende que no vale la pena seguir…
Sea paciente, pero inflexible: ¡no ceda!
Es necesario que el niño entienda que no es la manera de alcanzar lo que desea. Incluso si su deseo es razonable, no es la manera de obtenerlo por una explosión de cólera.
Una más vez más, ¡no ceda!
Espere que pase la crisis
Durante la crisis, no dé consejos, ni cariños, ni promesas, ni argumentos. En el estado en que se encuentra el niño, pierde la capacidad de entender.
Los modos comunes de denominar estos momentos son expresivos: “Loco de cólera“, “Se hace el loco”, etc.
Si le hablamos con afecto, piensa que le tememos; si le damos consejos, se enardece más; si prometemos, cree próxima la victoria; si hablamos con severidad, añadimos leña a la hoguera.
Después, bien más adelante, todo tranquilo y… olvidado, entonces hable, argumente, aconseje; demuestre que, de ese modo, lejos de obtener algo, hace más difíciles los deseos.
No temer al colérico
Es necesario demostrar que no se teme las crisis de cólera. No las provoque, pero no las tema.
No las provoque. No niegue sin causa lo que desea el niño. Es un error negar ahora y ceder más adelante, porque el niño insistió o amenazó con “escenas”.
No exija lo que no es necesario: la autoridad debe cuidar y obtener la sumisión infantil.
No lo tema. Más allá de la indiferencia cuando ocurre el acceso, use de energía y, si es necesario, aplique un castigo.
Cuando los accesos sean “estudiados”, hágales frente. Si el niño se
ha armado de la debilidad, después cede; si los ha preparado con astucia, emprende la retirada.
Prevenir y evitar las crisis
Procure prevenir las crisis. Observe las circunstancias en que suelen aparecer. Y busque, después, con el mayor cuidado, apartar lo que las desencadena: bromas, escarnios, disgustos…
El dominio de sí mismo
Toda la educación se ordena a proporcionar al niño el dominio de sí mismo; de lo contrario, no es educación.
Desde pequeñito el niño debe ser dirigido hacia el gobierno de sus fuerzas inferiores, para el dominio de la voluntad sobre los impulsos; para el ejercicio de la paciencia; para la aceptación de las demoras, negaciones y privaciones; para el control de las reacciones muy vivas; para saber decir “no” a los estímulos antisociales; para la comprensión de las medidas desagradables.
Quienes creemos en Dios, que tenemos las lecciones de la Escritura Sagrada, no debemos temer en exigir el espíritu de mortificación, enseñado por Jesucristo como necesario a sus discípulos: “Si alguien desea venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, practicado e inculcado por San Pablo: “Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre”, encarecido en mil lugares de los libros sagrados.
Será beneficioso recordar que el espíritu de sacrificio se enseña a los niños, pero no se les impone. Si se les impusiera, será rechazado y abominado.
Pero sugerirlo y formarlo es imprescindible al educador cristiano. La educación no se prepone eliminar los impulsos, borrar los instintos, extinguir las energías naturales. Ella no desea formar insensibles y abúlicos.
Por el contrario, desea formar hombres; hombres de verdad, que vivan en el esplendor de sus energías, pero que sepan jerarquizarlas, sometiéndolas a la voluntad esclarecida y enérgica.
El hombre verdadero siente sus impulsos, pero sabe dominarlos. Esto se enseña a los niños de manera práctica y vital; no se les impone.
Se engañan los que piensan ser posible quebrar la voluntad de los niños por golpes de fuerza. Es más fácil quebrar la personalidad, haciendo un desfibrado; o canalizar en otra dirección las energías contenidas, llevando al niño hacia caminos indeseables.
En realidad, es el niño quien debe dominarse. Y el trabajo de los educadores es ayudarle en esta tarea esencial de la formación.
En el caso que nos ocupa, importa contener las explosiones de cólera, y no las reacciones frente a lo que es inmoral, injusto o agresivo.
La capacidad de encolerizarse sigue firme; debiendo ser, sin embargo, moderada, civilizada, canalizada por las maneras y para los fines constructivos.
Todos saben que los temperamentos llamados coléricos son ricos en energía, solidez, tenacidad, y que, bien educados, dan excelentes emprendedores y líderes.
Por Monseñor Álvaro Negromonte y revisado por el Hermano Gamaliel Gorostieta


No hay comentarios:

Publicar un comentario