domingo, 16 de septiembre de 2012

Nuevo llamado al diálogo del Papa para aplacar la furia árabe

En Beirut, reclamó a musulmanes y cristianos que se "unan para poner fin a la violencia y a la guerra"; a los jóvenes les pidió que no probaran "la miel amarga de la emigración"

"Desterrar la violencia física y verbal", "construir una cultura de paz", "decir no a la venganza", "reconocer los errores".
Benedicto XVI volvió a intentar ayer aplacar los vientos de ira que recorren Medio Oriente, Asia y el norte de África con un llamado al diálogo, la comprensión, el respeto recíproco y la unidad, no sólo entre cristianos, sino también entre cristianos y musulmanes.
"Es el momento que musulmanes y cristianos se unan para poner fin a la violencia y a la guerra", clamó el Papa, que expresó "preocupación" y "tristeza" por lo que sucede en Siria, un país que queda a sólo dos horas y media de auto de esta capital y que está dominado por la muerte y los combates desde marzo de 2011.
Consciente del momento candente que vive esta zona del mundo convulsionada por la "primavera árabe" y el islamismo radical -atizado por una película de bajo costo norteamericana ofensiva para el islam-, el Papa habló una y otra vez de la necesidad de "pensamientos de paz, palabras de paz, gestos de paz".
Tanto por la mañana, cuando pronunció un discurso ante responsables políticos y religiosos en el palacio presidencial de Baadba, como en un multitudinario encuentro que mantuvo al atardecer con jóvenes en Bkerké, en las afueras de Beirut, habló de la urgencia del fin de la violencia. Y reiteró que la coexistencia entre las 18 confesiones que conviven en este rincón de la tierra (12 cristianas, cinco musulmanas y judía) debe ser un ejemplo.
"En el Líbano, el cristianismo y el islam habitan el mismo espacio desde hace siglos. No es raro ver en la misma familia las dos religiones. Si en una misma familia es posible, ¿por qué no lo puede ser con respecto al conjunto de la sociedad?", preguntó el Papa.
En el Líbano, país de poco más de cuatro millones de habitantes, el 65% de la población es musulmana, y el 35%, cristiana.
"El Líbano está llamado, ahora más que nunca, a ser un ejemplo", aseguró el Papa, que hoy concluirá esta histórica visita al país de los cedros con una multitudinaria misa al aire libre en el City Center Waterfront de esta capital.
Benedicto XVI, que caminó con bastón, habló con voz ronca y apareció cansado, algo normal para alguien de 85 años, fue recibido triunfalmente tanto en su cita de la mañana como en la de la tarde.
Cientos de libaneses con banderitas del Vaticano y del Líbano -algunos con fotos del presidente cristiano maronita, Michel Suleiman, en mano- lo vivaron a lo largo del camino que lo llevó al palacio presidencial.
En medio de impresionantes medidas de seguridad -helicópteros revoloteando en el cielo, francotiradores y fuerzas especiales-, cuando el papamóvil se acercó al palacio, hubo lluvia de papelitos, danzas folklóricas y hasta fue escoltado por guardias presidenciales a caballo.
"Estoy feliz que «el Baba» haya venido, nos da esperanza", dijo a LA NACION Ambra, una libanesa de 35 años, que, junto con su familia, esperó varias horas bajo el sol para ver pasar el papamóvil.
"Hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y, en fin, perdonar", subrayó el Papa, al hablar ante personalidades del mundo político, religioso y cultural libanés, entre ellos, líderes musulmanes, en un discurso en el que reflexionó sobre la sociedad, la dignidad de la persona, los valores de la familia, el diálogo y la solidaridad. "Hay que desterrar la violencia verbal y física, ésta es siempre un atentado contra la dignidad de la persona humana", urgió el Pontífice, que también destacó la importancia de la libertad religiosa. "La libertad religiosa tiene una dimensión social y política indispensable para la paz", sentenció.
Mucho fervor y un clima de fiesta -con cantos y danzas- cerraron la jornada del Papa, que se reunió con unos 15.000 jóvenes cristianos más que entusiastas en la explanada del Patriarcado maronita de Bkerké.
A ellos les reclamó no "probar la miel amarga de la emigración", pese al desempleo (que aquí alcanza el 25%), la marginación y falta de estabilidad y de seguridad reinantes.
Interrumpido más de una vez por los aplausos, el Papa se dirigió al puñado de jóvenes sirios presentes: advirtió que admiraba su valentía y les pidió que le dijeran a sus familiares y amigos que "el Papa no los olvida". Finalmente, saludó a los musulmanes también presentes. "Ustedes son, con los jóvenes cristianos, el futuro de este maravilloso país y de todo Medio Oriente. Busquen construirlo juntos", exhortó. "Es necesario que todo Medio Oriente, viéndolos, comprenda que los musulmanes y los cristianos, el islam y el cristianismo, pueden vivir juntos, sin odios, respetando las creencias de cada uno, para construir juntos una sociedad libre y humana.
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